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martes, 27 de septiembre de 2011

Cuarta Lectura. 28/09/2011

Comunicación y Autoconcepto.
Ningún concepto o juicio es más trascendental para la persona que el que se forma sobre sí misma. Sin embargo, es en el transcurso de los años y mediante la comunicación con los demás, como vamos integrando ese Autoconcepto que puede ser positivo o negativo, estimulante o deprimente, equilibrado o desbalanceado, verdadero o falso.
Así pues, todos utilizamos las reacciones que producimos en los otros con el fin de formar una opinión de nosotros mismos.
Nos apoyamos en otros a partir de las gratificaciones y recompensas que nos hacen sentir valiosos y estimados, o recibimos de los demás el castigo o la desaprobación que nos lleva a sentirnos inadecuados y sin valor.
Si hacemos memoria, sobre todo durante la niñez y la adolescencia, reiteradamente fuimos calificados de cierta manera, flojos o trabajadores, sucios o limpios, inteligentes o tontos, cobardes o valientes, feos o bellos, etc., y a fuerza de repetírnoslo terminamos por crees que así éramos, aunque en muchos de los casos ello no corresponda a la realidad.
Importa destacar que ese autoconcepto o autoimagen, es la variable número uno en la comunicación humana, variable que condiciona en forma decisiva nuestras acciones y reacciones (Rodríguez Estrada, 1988:40).
Por otra parte, según la imagen o juicio que tengamos de nosotros mismos, cuando nos comunicamos con los demás, buscamos una de tres posibles respuestas.
La primera es la de confirmación. Hasta donde podemos percibirlo hoy, esta confirmación de la imagen de la persona tiene de sí misma, por su interlocutor (el otro), es probablemente el factor de mayor influencia en asegurar el desarrollo y la estabilidad mental que hasta ahora haya emergido de nuestros estudios de comunicación.
La segunda respuesta posible es el rechazo de la definición que la persona hace de sí misma en su comunicación a nosotros. Lo curioso es que el rechazo, por doloroso que sea, presupone por lo menos un limitado reconocimiento de lo que está siendo rechazado y, por consiguiente, no niega necesariamente la realidad de la visión que la persona tiene de sí misma.
En cambio la tercera respuesta posible, desconfirmación, es la que produce efectos más devastadores sobre la sanidad mental.
Tratase de fenómeno de la indiferencia, de la negación de la importancia del valor y de la propia existencia significativa de la persona. Es el caso de las personas que pasan inadvertidas, a quienes el comportamiento indiferente de los demás para con ellas es como un mensaje inexorable y repetido que les dice: tú no existes (Díaz Bordenave, 1978: 93-95).
Hay otro aspecto importante en relación con el autoconcepto: si nos conocemos, pero rechazamos, la comunicación con nosotros mismos no es buena; viviremos en un conflicto permanente y destructor. Tenemos que dar un paso más: aceptarnos y ello implica, en primer lugar, aceptar nuestro yo físico, es decir, estar en contacto con nuestros sentimientos; no negarlos, no decir que no tenemos miedo cuando si lo tenemos, etc. En tercer lugar, aprender a perdonarnos; de lo contrario viviremos en conflicto con nosotros mismos y con los demás (Rodríguez Estrada, 1988:41).
Precisamente parte del encanto de los niños radica en que en ellos hay congruencia entre sus sentimientos y sus comportamientos; todo es espontaneidad y verdad, el trato con ellos ofrece total sinceridad. No obstante que “ser uno mismo” es tal vez lo más difícil de lograr en este mundo complejo, convencional y doble, los padres y los adultos matamos la sinceridad dentro del niño, le negamos una y otra vez la oportunidad de “ser él mismo”, al exigirle actuar y reaccionar según pautas. Así a la larga, tampoco será sincero en su trato con los demás.

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